Que es un país al norte de Europa, en la península escandinava.
Que es (o fue) un gran productor de películas porno.
Que ahí vivió mi amigo Bachan unos meses cuando era niño.
Que es altamente industrializado, y entre otras empresas suecas ahí están Volvo, Ericsson y… y…
Que es cuna de empalagosas bandas pop como Abba o Roxette.
Que también hay buen metal, como Clawfinger.
Que es la patria de Anita Ekberg, una de las musas de Fellini.
Hum… ¿Que es un país de vikingos?
Y muy poco más. Mi desconocimiento sobre Suecia es wikipédico. Aunque imagino que el sueco común debe saber poco sobre México. Ah, claro, nos une el –ejem– técnico de nuestra selección nacional.
(OK, OK, Henning Mankell es un reputado novelista sueco, traducido al castellano, y que además escribe novela negra, pero no lo he leído. Editado en Tusquets, por cierto).
Todo esto como preludio para hablar de la novela de Stieg Larsson, Män som hatar kvinnor, cuyo título se tradujo al inglés como The Girl with the Dragon Tattoo y al español, más fiel al original, como Los hombres que no amaban a las mujeres.
Cuando Carmina Rufrancos, mi editora en Planeta me contó del libro, me dio flojera. Se trata de una novela publicada póstumamente, escrita por un periodista sueco, militante de izquierda, enemigo de racistas y radicales, que escribió este y otros dos de la misma serie durante sus ratos libres. Poco antes de salir a la luz, el hombre muere y no vive para ver el éxito de la novela.
Cabe, desde luego, desconfiar de libros envueltos en grandes estrategias de mercado. Hay quien ha tenido el descaro de compararlo con Harry Potter, con el que desde luego no tiene nada que ver. Yo mismo me dije "jamás leería eso." Y miren.
El asunto es que Carmina alcanzó a contarme que los detectives de la serie son un periodista de izquierda (conque sí, ¿eh?) y una chica metalera, con el cabello rapado, la cara llena de piercings y el cuerpo repleto de tatuajes (de ahí el título en inglés). Hum. Sonaba interesante.
Con un altero de libros por leer, no pude resistir comprar la edición gringa de la novela. Con esa culpa que me da cuando debería estar leyendo a Vladimir Nabokov o Sergio Pitol. De perdida a Thomas Pynchon.
Pero… como buena novela policiaca, el maldito libro me atrapó.
Veamos, primero lo malo. Me queda claro que hay aquí una buena idea desarrollada con más o menos buen oficio que pasó por un profundo proceso editorial para dejarla publicable. Larsson no es ningún estilista. Como buen periodista que no sea Truman Capote, va a los hechos, sin florituras ni intensidades.
Quizá sus situaciones sean un poco forzadas. Se plantea un misterio, la desaparición de la sobrina nieta de un acaudalado empresario sueco que se mantiene sin resolver durante más de 35 años. El periodista Mikael Blomkvist, recién caido en desgracia, es comisionado para resolverlo.
Entonces entra a escana Lisbeth Salander, perturbada chica metalera, hacker e investigadora contratada por una agencia de seguridad, Milton Security que… bueno, mejor no les cuento.
Donde Larsson falla a la hora de plantear un misterio creíble, gana en el planteamiento de sus personajes. Blomkvist y Salander es una de las más entrañables parejas de… ¿detectives? que me he encotrado leyendo novela policiaca. Al final, la forzada solución del enigma, mal llamado "de cuarto cerrado" importa poco tras la simpatía que sus personajes han logrado despertar en el lector.
El autor logra atrapar a sus lectores a lo largo de más de 600 páginas en una novela que más allá de la anécdota, nos muestra sin adornos una Suecia muy diferente a la utopía escandinava que vemos desde el tercer mundo. La Suecia de Larsson es un lugar lleno de políticos y empresarios corruptos, asesinos seriales y policías ineficientes.
Al final no importa que el misterio planteado y su resolución sean poco rigurosos (que sería mi gran queja). Lo que interesa, como en toda buena novela policiaca, creo, es el impacto del crimen en los personajes. Es curioso, el libro es un auténtico best seller en Europa, donde ha vendido literalmente millones de ejemplares (casi tres nada más en su país natal). ¿Será eso un defecto?
Con la seguridad de que por lo menos es un escritor mucho más solvente (y comprometido) que Dan Brown, por ejemplo, doy fe de que leerlo no será una pérdida de tiempo. Temo que sea demasiado una novela muy dirigida a los lectores del género (tiene todos los componente de rigor y el protagonista se la pasa leyendo novelas de Sue Grafton, entre otros escritores policiacos), pero si ha vendido tantos ejemplares es, entre otras cosas, precisamente por su capacidad para romper el cerco del ghetto.
Y a pesar de ser un placer culpable, no lo es tanto como mi adorado Robert Crais. Recomendable, para amantes del género y curiosos que los acompañen.
Y ahora, a terminar de leer a Nobokov, que dejé Pálido fuego a la mitad por cruzarme con este libro…